En la historia electoral peruana hay algunas verdades. Una de ellas es que el peruano no vota mayoritariamente a favor, sino en contra. Hay múltiples factores que lo explican. Principalmente, la desconfianza y la incapacidad de identificarnos con el otro. Y las muy peruanas ganas de dar la contra.
Esto se suma a una lógica partidaria bipolar llevada a extremos de odio. El siglo XIX peruano se dividió en torno a figuras como Prado, Cáceres y Piérola (“los chilenos antes que Piérola”). Y si retrocedemos más, podemos perdernos en un laberinto de almagristas, pizarristas, seguidores de Huáscar y huestes de Atahualpa.
ANTIAPRISMO, ANTIFUJIMORISMO
Ya en el siglo XX, Leguía y Sánchez Cerro encarnaron el parteaguas político. Y tanto el odriismo como el velasquismo provocaron bajas pasiones de uno y otro bando. Pero tal vez el antiaprismo y el antifujimorismo han sido las identidades negativas más longevas de la política peruana contemporánea. Uno nació en las botas y el otro caminó en las calles. Uno fue un veto dictatorial y el otro fue una oposición democrática. Dos fenómenos muy distintos que, sin embargo, comparten enconos que trascienden el espacio y tiempo histórico.
Con el tiempo, los antis fueron transformándose. Como el APRA siempre se ubicó en el histórico tercio, su antivoto venía de ambos extremos. El ala derechista del antiaprismo se radicalizó tras el desastroso primer gobierno, pero terminó reconciliándose con el APRA tras su exitoso segundo mandato. El ala izquierdista del antiaprismo que se acercó al Alan del 85, en cambio, nunca admitió su responsabilidad en su primera gestión (solo la CGTP de Pedro Huilca y otros organismos siguieron fieles a AGP). Esa izquierda terminó alejándose para siempre del partido de la estrella tras el segundo periodo.
En el caso del fujimorismo pasó algo similar. La derecha antifujimorista —el verdadero origen del antifujimorismo— terminó pasando la página del antivoto con la llegada de Pedro Castillo. Fue el caso del vargasllosismo, la prensa liberal (los ex-Oiga, ex revista Sí y ex-Caretas) y los rezagos de Pérez de Cuéllar y parte del Foro Democrático. Parte de ese antifujimorismo de derecha finalmente se dio cuenta de que votar siempre en contra de Keiko Fujimori es un suicidio político. A la tercera fue la vencida.
El ala izquierdista, en cambio —esa que apoyó a Alberto Fujimori en su primer gabinete y terminó haciéndole el juego en el CCD—, se ha volcado al antifujimorismo más rabioso aún después del desastre castillista y la muerte del patriarca Fujimori.
ANTIFUJIMORISMO SIN FUJIMORI
Si hay fujimorismo sin Fujimori, es puro malabar lógico que ahora haya antifujimorismo sin Fujimori. Es una variante particularmente absurda del voto antifujimorista que ve fujimorismo en Rafael López Aliaga, José Williams, Carlos Espá y cualquier personaje que no sea de izquierda. Para ellos, toda expresión derechista, liberal o centrista es sospechosa de fujimorismo. Incluso opositores a la dictadura de Alberto Fujimori como Rafael Belaunde, los acciopopulistas o los apristas. Irónicamente, en esta flamante izquierda antifujimorista hay varios exfujimoristas reciclados, como algunos periodistas montesinistas que hoy se refugian en Exitosa y La República. Ante los ojos de los noveles podcasters y youtubers los exmontesinistas se pintan como valientes antifujis.
POR ESTOS NO (I)
Esta caterva confundida de activistas ha acuñado la campaña “Por estos no”, para pedirle al electorado que este 2026 no vote por los candidatos sospechosos de fujimorismo y/o corrupción. Pero en ese cajón de sastre incluyen a derechistas, centristas, liberales, moderados y básicamente cualquier candidato que no sea de la argolla que ellos auspician. Con su hábil manejo del discurso político, este grupúsculo ha logrado acuñar términos como “el pacto mafioso”, la “mafia congresal” o el oxímoron “dictadura congresal”, quitándole toda agencia al Ejecutivo. El mensaje es simple: si votas por cualquiera de estos, te voy a embarrar con el mote de “fujimorista”, sea lo que sea que eso signifique a estas alturas. La táctica es predecible: en lugar de decir de frente por quién hay que votar, conmino moralmente a no votar por estos candidatos corruptos. Y de paso evito exponer a mi candidato de tapada para que no se queme. La izquierda es experta en este razonamiento inverso. Lo hizo en las elecciones pasadas: en vez de defender a Castillo, criticaba a Keiko. Y luego, en vez de defender al gobierno castillista, criticaba al Congreso. Lo acaba de volver a hacer con la intervención en Venezuela: en lugar de defender a Maduro, criticó a Trump.
POR ESTOS NO (II)
Si la derecha liberal o conservadora quiere pelear la narrativa del “Por estos no” debe imponer su propia criba con sus propias condiciones no negociables. Siguiendo la lógica del razonamiento inverso, debería ponerle una cruz a los candidatos que critiquen la intervención de Trump en Venezuela, que quieran cambiar la Constitución y que digan que Petroperú es estratégico.
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